Opus Ascensionis Animae (in Fuga de la Mediocridad y Sol Mayor del Sacrificio): Del Trono del Tuerto y el Exilio Voluntario a la Forja


He aquí el comienzo de nuestra fábula, el punto de partida de todo héroe antes de serlo: el Reino de la Tibieza. Es un feudo pequeño, acogedor, confortable, seguro, predecible, halagador y, por ello mismo, letal. En este reino, nuestro protagonista es el monarca absoluto, el soberano indiscutible, el césar de su propia y minúscula Roma. Cada una de sus palabras es un edicto de sabiduría; cada ocurrencia, una genialidad celebrada con el aplauso fácil y la risa pronta de una corte de aduladores de menguado caletre. Es, en definitiva, el más listo de la sala. Y su pareja, el consorte perfecto para un rey de tan modesto imperio, es un espejo que solo devuelve una imagen de plácida, serena, incontestada y soporífera superioridad.

Es el paraíso de la vanidad, la Arcadia de la autocomplacencia. Pero hasta en el más mullido de los tronos, el alma siente el frío del estancamiento. Una inquietud sutil, un tedio existencial, un veneno lento. El héroe comienza a percibir que su reino no crece, que sus fronteras son las mismas de ayer y que las victorias que celebra son farsas, contiendas ganadas contra un ejército de espectros intelectuales. El eco de su propia voz se ha vuelto ensordecedor. Y esta es La Llamada: la terrible, pavorosa, espeluznante, angustiosa revelación de que ser un gigante entre enanos no te convierte en un gigante, sino en el rey de los enanos.

Pero la sociedad, esa Gran Nodriza de la Complacencia, le susurra al oído el dulce canto de las sirenas. Le invita a permanecer en el Jardín de las Delicias Instantáneas. ¿Para qué emprender una gesta ardua, espinosa, ingrata, exigente, y, por ello, la única digna de ser emprendida? ¿Para qué hablar de proyectos, de sueños, de acciones, de futuros por forjar? ¡Qué vulgaridad! Lo moderno, lo chic, lo que acumula "likes" en el gran ábaco de la aprobación social, es la fiesta, la evasión, el carrusel hedonista. La corte le tira de la capa, le ofrece la copa fácil de la juerga interminable y le recuerda que el esfuerzo es un concepto obsoleto, una antigualla de sus abuelos. Y he aquí El Rechazo de la Llamada, la tentación de abdicar no del trono, sino de la posibilidad de ser algo más.

Mas el verdadero héroe, incluso en nuestra España del lamento y la procrastinación, siente el aguijón de la grandeza. Y en un acto de suprema rebeldía, comete la mayor de las traiciones: abdica. Cruza el Umbral. Se exilia voluntariamente de su cómodo reino para buscar una tierra extraña, un lugar inhóspito, un nuevo feudo donde él no sea el rey, sino el último de los siervos. Busca, deliberadamente, una sala donde todos, sin excepción, sean más listos, más hábiles, más rápidos, más brillantes, más cultos que él.

Y comienzan Las Pruebas. El héroe, ahora un humilde aprendiz, sufre. Su ego, otrora inflado como un zepelín, es brutalmente despresurizado. Se siente torpe, ignorante, lento, inadecuado, incompetente. Las conversaciones ya no son un monólogo de sus gracias, sino una sinfonía de ideas que apenas logra descifrar. Es la Forja. Es el Crisol. Cada día es una pequeña humillación, una derrota gloriosa, un paso doloroso hacia una versión de sí mismo que no sabía que podía existir. Sus nuevos aliados no le ríen las gracias; le cuestionan los argumentos. No le aplauden las ocurrencias; le pulen las ideas.

Y entonces, tras el debido tiempo de cocción en este fuego purificador, el héroe regresa. O, más bien, lo que regresa es un ser transmutado. Ha obtenido El Elixir: no la inmortalidad ni un tesoro, sino el duro, pesado, incómodo y maravilloso don del autorespeto. Ya no necesita el aplauso de los necios para saberse valioso.

Y desde su nueva atalaya, contempla a los que nunca partieron. Los ve en sus tronos de cartón piedra, reinando sobre la nada, quejándose amargamente de su mala suerte, de lo injusta que es la vida, de lo desgraciada que es su existencia. Los escucha planear la próxima fiesta, la próxima evasión, la próxima dosis de ruido para acallar el estruendoso silencio de su propia vacuidad. Y el héroe, por fin, comprende. Comprende que el destino no es una lotería, sino una elección. La elección entre ser el monarca de un erial o el más humilde de los canteros en la construcción de una catedral.

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