Opus Ficticius Morborum (En Do Mayor de Agonía Teatral y Sacramento del Ibuprofeno)


Permítanme que les invite a cruzar una puerta. No es la de un teatro, ni la de un templo, ni la de un manicomio, aunque comparte atributos con los tres. Es la puerta de Urgencias, el sanctasanctórum de la dolencia súbita, el Purgatorio donde el tiempo se detiene y la paciencia es la única moneda de curso legal. He regresado a este océano de fluidos y lamentos, esta vez no como remero de ambulancia, sino como el modesto farero que coordina las mareas de galenos y enfermos, asegurando que la luz del caduceo nunca se extinga. Y desde esta atalaya, tras años de observación empírica, he llegado a una conclusión axiomática, a una verdad tan ineludible como herética.

Escuchen bien, pues es el gran secreto que nuestro oneroso sistema sanitario oculta coram populo:

LAS URGENCIAS NO EXISTEN.

Lo sé. Suena a blasfemia. Una afrenta a la legión de dolientes que cada día peregrina a nuestros mostradores con el rostro compungido de un mártir a punto de ser presentado a los leones. Pero la evidencia, mis queridos escépticos, es tan aplastante como la factura de un ingreso hospitalario. El 99,9% de los que cruzan nuestro umbral, exigiendo con la vehemencia de un César a punto de ser apuñalado una atención que, según su docto autodiagnóstico, debe ser inmediata para evitar el fatal desenlace, abandonan el templo no en un sudario, sino con una receta. Una sencilla, casi insultante, prescripción de paracetamol e ibuprofeno. En días de especial gravedad, cuando los hados se muestran crueles, se les concede la bendición de un antibiótico.

He aquí la liturgia cotidiana. Se presenta ante nosotros el Suplicante. Camina con la dificultad de un héroe de la Ilíada tras recibir un lanzazo en el talón. Su rostro es una máscara de agonía que ni el mejor actor del método podría emular. Habla en susurros, pues cada sílaba parece arrancarle un trozo de alma. Cuando el sacerdote-médico, con la debida solemnidad, pregunta por el origen de tan espantoso mal, el Suplicante confiesa, sin atisbo de vergüenza, la verdad que dinamita toda la farsa: "Llevo un mes así, doctor, pero no he tenido tiempo de ir al médico de cabecera".

¡Un mes! ¡Treinta días cultivando su dolencia como un bonsái, regándola con la indiferencia, para luego presentarse aquí, a las tres de la madrugada, exigiendo una cura instantánea porque su padecimiento interfiere con sus planes para el fin de semana! Y nosotros, fieles a un juramento hipocrático que jamás contempló la hipocondría como patología grave, procedemos al rito. Y el milagro se obra. Una pastilla, un pinchazo, y el Lázaro de extrarradio se levanta y anda. Se yergue, su rostro recupera el color, su andar la firmeza. Y entonces, en el clímax de esta tragicomedia, uno sale a tomar un poco de aire y se lo encuentra en la taberna de enfrente, con una cerveza en la mano, riendo a carcajadas con sus amistades. La resurrección ha sido completa. Y barata.

Así que no, las salas de espera no están colapsadas de urgencias. Están abarrotadas de devotos de la inmediatez, de gente a la que pedir cita previa le supone un esfuerzo logístico mayor que organizar el desembarco de Normandía. Son un dispensador glorificado de excusas laborales, un confesionario donde se obtienen las bulas que la plebe ha bautizado, con un ingenio digno de Quevedo, como "bajaciones": ese híbrido perfecto entre la baja médica y las vacaciones pagadas por el erario.

Por supuesto, mantenemos el tinglado en pie por ese residual 0,1%. Esos son nuestros verdaderos feligreses. El que llega con una arteria abierta por un vidrio, la víctima del avance imparable de la caballería ligera de los patinetes, el que se partió el alma en la ducha. E incluso, de cuando en cuando, la nota de color de un navajazo o un tiroteo, que nos recuerda por qué elegimos este oficio. Ellos son la excepción que confirma la regla. La triste y aplastante regla de que esto no es un hospital. Es un teatro.

De modo que ya lo saben. Cuando sientan la llamada del drama, cuando su resfriado de tres semanas adquiera de pronto tintes de tragedia griega, hagan un favor a la lógica, a la sanidad y a este pobre cronista. No vengan. Tómense un paracetamol en casa.

Las urgencias no existen. Solo sus actores.

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