Opus Vocoder Mortis (en Si Bemol Sincopado y Coherencia Extinta): Del Panteón Vacío y el Réquiem de los Titanes
Quienes tuvimos el privilegio de nacer bajo la luz crepuscular del siglo XX, somos hoy los custodios de un panteón en ruinas. Somos los últimos sacerdotes de un culto cuyos dioses, si no han muerto, han sido exiliados al Olimpo de la radiofórmula de madrugada. Recordamos una era, una Arcadia sónica, donde titanes caminaban sobre la Tierra. Hablo de los Mercury, de los Jackson, de los Sting; arquitectos de catedrales sonoras, maestros de la melodía y el verbo.
Aquella era la gran República de la Música. Un estado federal donde convivían, en ruidosa pero respetuosa armonía, los ducados del heavy metal, los condados del punk, los principados del pop y las baronías del rockabilly. Cada uno con sus estandartes y sus himnos, pero todos jurando lealtad a los mismos principios inmutables: la letra, la melodía, la armonía y la voz. Una voz que, como el acero de Toledo, podía ser imperfecta, pero era genuina y forjada en el fuego del talento. Coreábamos sus salmos en los estadios y en los coches, himnos que hoy, por supuesto, serían juzgados y sentenciados por herejía.
Pero la República ha caído. Nosotros no quedamos huérfanos por la ley natural que se lleva a nuestros ídolos. No. Somos huérfanos por un genocidio cultural, por la purga sistemática de la autenticidad a manos de una deidad sintética y tiránica: El Gran Homogeneizador Sónico, el bálsamo milagroso para el inepto, el Ungüento Divino del Autotune.
Este nuevo dios promete la gloria sin exigir el talento. Convierte el balbuceo en cadencia, el gruñido en estrofa. Gracias a su intervención, el pentagrama se ha encogido a dos notas y el diccionario a un puñado de monosílabos guturales que, sin su maquillaje digital, sonarían como la agonía de un porcino en su San Martín.
Y he aquí el gran misterio de nuestra febril decadencia. La misma curia, el mismo Sanedrin de la Virtud Retroactiva que hoy organiza juicios sumarísimos contra el beso no consentido de Blancanieves, que exige la quema en la plaza pública de la canción "La mataré" de Loquillo y Los Trogloditas o el "Tinc fam de tu" de Lax'n'Busto, es la que aplaude y santifica las nuevas letanías.
¡Contemplen la paradoja! Se rasgan las vestiduras por una canción de hace treinta años mientras sus vástagos "perrean" —esa danza pélvica que parece una invocación a la deidad de la lujuria— al son de cantos que describen a la mujer como un objeto de catálogo, un accesorio de usar y tirar. Esos mismos colectivos que nos reprenden por nuestra herencia "machista" son los que bailan en éxtasis mientras un aedo polígamo, cubierto de más oro que el tesoro del San José, enumera sus posesiones carnales. Y la feligresía, en un acto de esquizofrenia moral asombroso, pasa del contoneo de sumisión del sábado por la noche a la manifestación por la liberación femenina del domingo por la mañana. ¡La coherencia hecha añicos!
Antes teníamos música. Teníamos el panfleto político hecho vals de Ska-P. Teníamos la poesía tabernaria y sublime de Fito. Teníamos a Extremoduro abriéndonos las venas con versos como cuchillos. Teníamos el lamento del desamor, sí, pero hasta Alex Ubago escribía frases subordinadas.
Ahora no. Ahora, como sentenció el profeta Sanz, "Se le apagó la luz". Nos hemos quedado a oscuras, con la única luz del móvil que ilumina esta danza macabra. Hemos cambiado las sinfonías por un hilo musical de ascensor para un burdel. Hemos aplaudido el magnicidio de la música y ahora, como vaticinó Siniestro Total, solo nos queda cumplir el rito: "Bailaré sobre tu tumba".
Merecemos todo lo que nos pasa, incluido el exterminio.
Yo, por si acaso, me ciño mi viejo walkman con autorreverse, le doy al play y me vuelvo a sumergir en las escalas pentatónicas y el bajo cadente de Dire Straits o, mejor, si el día lo requiere, algo más fuerte: los golpes incesantes del power metal de Helloween y su profético Future World...

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