CRÓNICA DE UNA DEFUNCIÓN ANUNCIADA
ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE
DON SENTIDO COMÚN IBÉRICO
Quien, tras una larga y penosa enfermedad consuntiva, ha entregado su alma al Creador en la Ciudad de Madrid, en fecha indeterminada pero de efectos palpables a finales del Año de Gracia de 2025, habiendo recibido los nulos auxilios espirituales de una sociedad que ya no le reconocía.
D. E. P.
Sus deudos y afligidos —esa minoría clandestina que aún le profesaba— participan a sus amistades tan sensible e irreparable pérdida.
Don Sentido Común, cuya partida de nacimiento se extravió en los legajos de una época más simple, deja un legado tan vasto como, al parecer, inútil. Será recordado por su obstinada defensa de axiomas hoy considerados heréticos, a saber:
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Su inquebrantable fe en el principio de causalidad y su alergia patológica a la entropía, ya fuera en el escritorio o en el discurso público.
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Su peregrina insistencia en que las reglas del juego, una vez pactadas, debían aplicarse a todos los jugadores por igual, independientemente de la pureza de sus intenciones o el volumen de sus lamentos.
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El axioma, hoy considerado un atentado contra la autoestima, de que los egresos no debían, bajo ninguna circunstancia, superar a los ingresos.
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Y su más arcana convicción: aquella que sostenía que la experiencia, y no la mera vehemencia del deseo, constituía cierto grado de autoridad.
Su salud comenzó a quebrantarse cuando la noción de responsabilidad fue quirúrgicamente extirpada del léxico y sustituida por el concepto, mucho más flexible, de culpa, siempre atribuible a un ente abstracto o a un tercero conveniente. La enfermedad se agravó con la transmutación de la información en un subgénero de la teología, donde los dogmas se recibían por revelación mediática y el escepticismo era el nuevo pecado original. El golpe de gracia, sin embargo, fue la instauración de la Emoción como única unidad de medida de la Verdad, un patrón tan fiable como un barómetro en mitad de un huracán.
Su defunción fue precedida, en trágico desfile, por la de sus venerables progenitores, Doña Veritas y Don Juicio Crítico; por la de su amada esposa, Doña Prudencia Cautelar; y por la de sus malogrados vástagos, su primogénito, el joven Facto, y su bella hija, la doncella Lógica.
Le sobreviven, gozando de una salud de hierro y de un inmenso patrimonio social, sus tres ubicuos hermanastros:
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El bullicioso Don Derecho Adquirido (quien jamás conoció a su contraparte, el difunto Deber).
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El plañidero Don Agravio Comparativo.
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Y la más influyente de todos, la omnipresente Doña Víctima Estructural.
La concurrencia a sus exequias fue escasa, no por falta de aprecio, sino por una epidemia generalizada de desmemoria y, en gran medida, porque su ausencia solo es notada por aquellos que aún le recuerdan.
Su legado, no obstante, sobrevive en la clandestinidad, en las catacumbas de la razón, en el fuero interno de aquellos pocos que aún se atreven a consultar un mapa antes de iniciar un viaje, a leer un contrato antes de firmarlo, y —suprema herejía— a sospechar que, cuando todos gritan al unísono, es probable que no sea la Verdad la que está hablando, sino el Miedo.
No se repartirán flores, pues el finado siempre las consideró un gesto ineficaz. En su lugar, se ruega una simple oración por el eterno descanso de la coherencia.

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