Opus Puerilis Mirabilis (in Clave de Genio Precoz y Listón Hundido): De la Alquimia Parental y el Enigma del Vástago de Oro
Asistimos, mis estupefactos y anonadados cofrades, al florecimiento de una nueva, asombrosa, deslumbrante, portentosa, milagrosa estirpe de infantes prodigio. Una generación de pequeños titanes, de minúsculos semidioses, de precoces polímatas, cuya mera existencia parece desafiar las anquilosadas leyes de la curva de Bell. Sus devotos progenitores, convertidos en cronistas y hagiógrafos de su propia prole, nos anuncian a diario la buena nueva: sus vástagos no son meros niños; son la síntesis mejorada de Einstein y Steve Jobs, un híbrido de Newton y Mozart, la segunda venida de Leonardo da Vinci en formato de bolsillo.
El milagro, la prueba irrefutable, el estigma divino que confirma su genialidad, es su destreza innata, instintiva, casi preternatural para con el artefacto. Observen al demiurgo doméstico, al padre o a la madre, con el rostro transfigurado por el éxtasis, señalando al infante de tierna edad. "¡Míralo!", exclaman con el fervor de quien presencia una teofanía. "¡Sin que nadie le haya enseñado, domina el grimorio digital, navega por los arcanos de la interfaz, invoca aplicaciones con la soltura de un hechicero!". Y uno observa al pequeño mago, y en efecto, ve cómo su dedo, con una motricidad aún rudimentaria, se desliza por el oráculo de cristal líquido, ejecutando con éxito su compleja, intrincada, dificilísima misión: descargar una versión pirateada de un juego de dudosa calidad para, acto seguido, sumirse en un estado de catatonia hipnótica ante un carrusel de estímulos audiovisuales.
Es, permítanme la analogía, como si nuestros ancestros hubieran considerado a un chimpancé un genio de la física por haber aprendido a accionar una palanca para obtener un plátano. La facilidad para usar la herramienta se ha confundido, en un acto de fe ciega, con la capacidad para haberla inventado.
Y es aquí donde la memoria, esa vieja y rencorosa cronista, me obliga a una comparación odiosa, injusta, desleal, pero absolutamente necesaria. Recuerdo nuestra propia y prosaica, tediosa, mundana, pedestre, gris infancia. Una era en la que no éramos considerados genios, sino, en el mejor de los casos, proyectos de ser humano con una alarmante propensión al desastre. Y sin embargo, nuestras modestas neuronas, sin la ayuda de ningún interfaz táctil, eran capaces de albergar en sus circunvoluciones el mapa completo, detallado, exhaustivo, minucioso, de la orografía, hidrografía y división política de la península ibérica. De memoria. Éramos capaces de ejecutar operaciones matemáticas de una complejidad respetable sin recurrir a otro ábaco que nuestros propios dedos.
Y, he aquí el gran misterio, nos quedaba tiempo. Tiempo para la exploración empírica del mundo real. Tiempo para pelarnos las rodillas en la sagrada liturgia del parque, para poner a prueba la resistencia de los materiales en pantalones, jerséis y calzado, para investigar la aerodinámica de una mochila usada como poste de portería. Proponíamos hipótesis audaces, incendiarias, revolucionarias, subversivas, sobre la combustión espontánea y la balística aplicada, y la respuesta de la comunidad científica parental no era un aplauso, sino una colleja. Nadie nos trató como a superdotados.
¿Qué ha ocurrido entonces? ¿Hemos sido testigos de un salto evolutivo sin precedentes? ¿Ha bendecido la genética a esta nueva generación con un cerebro de silicio? Me temo que la explicación es más prosaica y, por ello, más terrible. No es que los niños sean más listos. Es que la vara de medir se ha hundido bajo tierra.
En un esfuerzo loable, heroico, titánico, admirable, por erradicar el fantasma del "fracaso escolar", la Gran Cofradía de los Pedagogos ha tomado una decisión salomónica: en lugar de intentar que los más lentos alcancen a la cabeza del pelotón, han decretado que la meta estará dondequiera que se encuentre el último de la fila. Se ha devaluado la moneda del intelecto para que todos, sin excepción, podamos sentirnos millonarios.
Así que no, queridos padres-alquimistas, no se ofusquen. Sus hijos no son genios. Son, simple y llanamente, niños. Metal base esperando una transmutación que no llegará porque el manual de alquimia que usan es un fraude. Dejen de aplaudir que sepan usar la palanca. Mejor sería empezar a preguntarse si, algún día, serán capaces de entender el mecanismo que la hace funcionar.
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