Opus Grammaticae Dementiae (en Morfema Sostenido y Sinsentido Manifiesto): De la Cruzada contra el Género y el Evangelio de la "E"
Asistimos, mis pacientes y perplejos cofrades, a la gestación de una nueva cruzada, de una guerra santa librada no por la conquista de Jerusalén, sino por la toma de una fortaleza mucho más inexpugnable: el Diccionario de la Real Academia Española. Una legión de nuevos templarios, armados no con la espada, sino con el neologismo, se ha embarcado en una misión audaz, atrevida, osada, intrépida, valiente, briosa, resuelta, decidida: la extirpación quirúrgica del género gramatical.
Su enemigo es una hidra de dos cabezas: el masculino genérico. Su Grial, la panacea universal que traerá la paz a las almas y el fin de la opresión milenaria, es la implantación de una letra. Una humilde vocal: la "e".
Según los sumos sacerdotes de este culto, la Lengua Castellana —esa venerable matrona que ha evolucionado desde el balbuceo del latín vulgar, que ha parido a Cervantes y ha amamantado a Quevedo— es una estructura opresiva, falocéntrica, patriarcal, tiránica, despótica, absolutista. Este magnífico y complejo organismo, que ha crecido y mutado a su propio y sabio ritmo durante siglos, debe ser ahora sometido a una terapia de choque, a una reconfiguración forzosa en el plazo de una legislatura. Todo para que nadie, absolutamente nadie, sufra una crisis de ansiedad al tropezar con un pronombre.
Y uno, que es de natural curioso, se pregunta: ¿quiénes son estos valientes y virtuosos paladines de la morfología? ¿Son acaso filólogos de renombre, académicos de vasta cultura, poetas de verbo encendido? ¡Nada de eso! La paradoja es de una belleza casi cómica. Los heraldos de esta revolución gramatical son, en su mayoría, individuos cuya relación con la lengua es, por decirlo suavemente, distante y disfuncional. Se comunican en un dialecto de pictogramas y emoticonos, su prosa es lánguida, anémica, escuálida, desnutrida, raquítica. Desconocen la tilde, asesinan la coma y usan los puntos suspensivos como si fueran confeti. Pedirles que construyan una frase subordinada es una empresa tan fútil como pedirle a una ameba que resuelva una ecuación diferencial. Su biblioteca, si existe, se usa principalmente como calzador de mesas inestables.
Pero no seamos nosotros los reaccionarios. No seamos los inmovilistas que se aferran a las viejas costumbres. ¡Abracemos la causa! Seamos inclusivos. Seamos radicales del verso y apóstoles de la integración. Démosle una oportunidad a la inclusión real, a la de verdad, a esa que no se queda en la superficie cosmética de una vocal.
Propongo, pues, desde este humilde púlpito, que dediquemos los ingentes recursos de esos "chiringuitos" gubernamentales a una cruzada verdaderamente noble, justa, equitativa, ecuánime, imparcial. Potenciemos en las escuelas, institutos y universidades la enseñanza obligatoria del Braille, para que los invidentes no queden excluidos de la palabra escrita. Invirtamos fortunas en la promoción de la Lengua de Signos, para que el silencio de los sordos se convierta en un diálogo universal. Exijamos que cada libro de texto, cada comunicado oficial, se edite también con pictogramas, para que las personas con autismo puedan navegar el proceloso océano de la comunicación. Diseñemos aulas y métodos de enseñanza para los niños, niñas y sí, también los niñes, con TDAH, con dislexia, con cualquier desafío que les impida acceder al conocimiento en igualdad de condiciones.
¡Seamos verdaderamente inclusivos, integradores, comprensivos, universales, totales!
Pero ah, mis queridos lectores, hete aquí el nudo gordiano. Esa inclusión, la real, la que cambia vidas en lugar de cambiar letras, es difícil. Es cara. Es compleja. No se puede resumir en un tuit ingenioso ni genera titulares grandilocuentes. Exige trabajo, empatía y un profundo conocimiento de la realidad. Y, sobre todo, no permite montar un chiringuito para dar un cursillo de fin de semana sobre cómo acabar las palabras.
Es mucho más sencillo, y sin duda más rentable, librar una guerra contra un molino de viento gramatical. Es más fácil sentirse un héroe por añadir una "e" a una palabra que aprender a decir "te entiendo" en el idioma de quien de verdad no puede oírte.

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