Opus Plangoris Perpetui (in Clave de Dolor Sostenido y Diamante Perdido): Del Arte de No Ver y la Ciencia de Llorar Tarde


Permítanme disertar sobre el más trágico, patético, lastimoso, deplorable, funesto de todos los arquetipos humanos: no el villano, no el mártir, sino el Plañidero Perpetuo. Esa alma en pena, ese espectro errante, ese fantasma vociferante que ha convertido su existencia en un inacabable, interminable, incesante, sempiterno funeral por una felicidad que un día tuvo en sus manos y que, en un acto de ceguera cósmica, dejó escapar como si fuera arena.

Contemplen al individuo en su era dorada, en su apogeo inconsciente. El Destino, en un acto de generosidad inaudita, casi insultante, le había depositado en el regazo una joya. No hablo de un mero adorno, de una fruslería brillante. Hablo de una obra maestra del artífice universal. Una creación única, singular, irrepetible, inimitable, exclusiva. Podía ser un amor de una lealtad diamantina, una amistad forjada con el acero de los juramentos inquebrantables, una oportunidad profesional tan rara como el vellocino de oro.

Era un diamante en bruto, sí, pero un diamante de una pureza geológica casi perfecta. Una pieza de una armonía tan sublime, de un equilibrio tan exquisito, de una solidez tan inconmovible, que su misma perfección la hacía parecer mundana, ordinaria, pedestre, común. El Plañidero, en su infinita, supina, abismal estulticia, no veía la joya. Veía una piedra. Habiituado a su brillo constante y sereno, lo confundió con la vulgar refracción de la luz sobre el cristal. Dio por sentada su presencia, su calidez, su valor. La trató con la displicencia con la que se trata al mobiliario, al paisaje, al aire que se respira. Fue negligente, descuidado, indolente, apático, displicente.

Y entonces, inevitablemente, la perdió. No en un acto de robo grandilocuente, no en un arrebato dramático, sino en el lento, silencioso, insidioso goteo de la desatención. La joya, simplemente, se deslizó de entre sus dedos torpes y cayó al abismo del olvido.

Es en ese instante, en el eco del vacío, cuando comienza la verdadera tragedia. No la de la pérdida, sino la de la revelación. El Plañidero, por primera vez, ve. Pero ya no ve la joya; ve el hueco, la ausencia, el contorno espectral de lo que tuvo y no supo valorar. Y es entonces cuando su vida se transmuta. Se convierte en un drama operístico, en un auto sacramental del lamento, en una inacabable letanía del "y si...".

Desde ese día, su existencia es una romería al sepulcro de su propia idiotez. Llora. ¡Oh, cómo llora! Su llanto es una sinfonía, una cantata, un oratorio del arrepentimiento. Se flagela, se lamenta, se queja, gime, solloza. El recuerdo de la joya perdida se magnifica, se idealiza, se deifica, hasta convertirse en un mito inalcanzable, en una deidad a la que ahora rinde un culto histérico y tardío.

Y en su desesperación, intenta llenar el vacío. Intenta reemplazar la obra maestra. Y es aquí donde su patetismo alcanza cotas épicas. Se conforma con cualquier cosa, con la primera baratija que el bazar de la vida le pone por delante. Un trozo de vidrio coloreado, una esquirla de pirita, un guijarro pulido por el río. Cada nueva adquisición es proclamada, con una convicción tan vehemente como falsa, como el nuevo "tesoro definitivo". Pero el engaño no dura. El brillo del oropel se apaga pronto, y al compararlo con el recuerdo incandescente del diamante perdido, la nueva pieza se revela en toda su penosa, mísera, ínfima, ridícula mediocridad.

Y así vive, en un ciclo eterno de hallazgos decepcionantes y duelos renovados. Nunca está satisfecho, ni saciado, ni harto, ni contento con nada ni con nadie. Porque ha aprendido, a un coste terrible, la lección más cruel del universo.

Entiéndanme bien. En el gran esquema de las cosas, todos somos reemplazables. Un engranaje puede ser sustituido por otro en la vasta maquinaria del cosmos. Pero, y he aquí la clave de la tragedia, aunque seamos reemplazables, somos fundamentalmente, esencialmente, categóricamente irrepetibles. Cada uno de nosotros es una conjunción de átomos, de ideas, de afectos, de taras y de virtudes que jamás, bajo ninguna circunstancia, volverá a darse en la historia del tiempo. Somos un acorde único en la sinfonía de la existencia.

El Plañidero Perpetuo no perdió un engranaje que podía cambiar. Perdió un acorde que jamás volverá a sonar. Y su condena, su castigo, su infierno personal, no es vivir sin esa música. Es vivir el resto de sus días con el recuerdo perfecto de su melodía, sabiendo que fue él, y solo él, quien con su propia e incurable estulticia, rompió el instrumento.

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