Opus Viarius Agonicus (in Clave de Primera Lenta y Paciencia Extinta): De la Gran Fuga y el Conquistador de Bravas
He aquí el advenimiento del crepúsculo del viernes, ese instante sagrado, ese momento numinoso en que la Deidad Tiránica de la Productividad suelta las cadenas de sus siervos. Y entonces, como si obedecieran a una llamada atávica, a un impulso genético irrefrenable, el Homo Sapiens Urbanita da comienzo a su gran, cíclico, semanal y absolutamente demencial éxodo.
Asistimos a la movilización de las legiones. Falanges motorizadas, cohortes de acero y plástico, se preparan para la huida de la Gran Colmena, de la Urbe de Cemento, del Panteón de la Prisa. Su objetivo: escapar de la civilización. Su destino: un paraíso rústico, anhelado, soñado, idealizado, ya sea en las costas o en las cumbres, donde prometen purificar su alma mancillada por el estrés de la semana.
Y para alcanzar este nirvana, este remanso de paz, se someten voluntariamente a la primera y más colosal de las paradojas: una tortura idéntica, precisa, clónica, a la que sufren cada día para ir a su puesto de servidumbre. La Gran Caravana. Esa serpiente metálica, lenta, agónica, tediosa, exasperante, insufrible, que avanza a la velocidad de un glaciar reumático. Horas de ofrenda sacrificial al dios del embrague y el acelerador, una procesión de penitentes motorizados donde la Agenda 2030 es inmolada en un holocausto de emisiones de carbono.
Finalmente, tras la ordalía del asfalto, la vanguardia de la civilización llega a la terra incognita. Y es aquí donde la comedia se torna sublime. El Urbanita, que ha huido de las comodidades de la metrópoli, comienza su letanía de quejas por la ausencia de dichas comodidades. "¿Cómo que no hay cobertura 5G en esta cima?", "¿Por qué cierra la cocina del único mesón a las diez?", "¿No tienen leche de avena barista para el café?".
Y entonces, en el cénit de su epifanía, se produce la transmutación. El fugitivo se convierte en conquistador. El exiliado, en benefactor. Clava su mirada condescendiente, altanera, soberbia, casi imperial, sobre los nativos, esos seres sencillos que tienen la osadía de habitar el paraíso de forma permanente. Y piensa, a veces incluso verbaliza en un acto de proselitismo económico no solicitado: "Si no fuera por nosotros, los portadores de la civilización y el gasto, esta pobre gente se moriría de hambre". Se erige a sí mismo en un semidiós, en un mecenas cuyo sacrificio —el pago de una ración de bravas congeladas y una cerveza tibia— sostiene la totalidad de la economía local.
Mientras tanto, nosotros, los autóctonos, los custodios de estos paraísos profanados, observamos el desembarco con la resignación de quien sufre una plaga de langosta estacional. Vemos cómo nuestras posesiones territoriales, como las plazas de aparcamiento, son usurpadas; cómo nuestros paseos por la playa o la montaña se convierten en una romería multitudinaria; cómo nuestra mesa de siempre, en nuestra tasca de cabecera, es colonizada por la horda invasora. Su incivismo, su dejadez, su basura, es un tributo que no pagan, pues sus impuestos riegan otras arcas. Su estrés endémico, su prisa patológica, su incapacidad para modular el volumen de su voz, se derrama como un miasma tóxico sobre nuestra calma.
Y así, sufrimos el asedio, contamos las horas, esperando con un anhelo casi místico la llegada del domingo por la tarde. El momento del gran reflujo. El instante bendito en que las legiones emprenden el camino de vuelta a su hábitat natural.
Y los vemos partir, sumergiéndose de nuevo en su amada, deseada, inevitable caravana de entrada. Regresando felices, sin saberlo, a la única selva para la que están verdaderamente adaptados: la de acero, hormigón y atascos perpetuos.
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