Asistimos, mis caros cofrades del escepticismo, al advenimiento de una nueva fe. No tiene dioses de carne y hueso, pero sí sus pontífices, sus dogmas, sus anatemas y su Inquisición. Es el Culto Verde, la Eclesía de la Sostenibilidad, y sus acólitos, jóvenes de fervor tan vehemente como escasa memoria, predican su evangelio en los nuevos púlpitos: las cajas de los supermercados, los foros de internet, las tertulias del café.
Permítanme, antes de proseguir, un ejercicio de memoria, una excavación arqueológica en los estratos de mi propia biografía. Recuerdo ser el heraldo, el joven emisario enviado por el matriarcado familiar a la liturgia diaria de los recados. Y en aquel entonces, sin saberlo, practicábamos una ecología tan estricta que hoy nos convalidaría un doctorado en Sostenibilidad por la Universidad de Friburgo.
Nadie hablaba de "movimiento verde", pero se ejecutaba su evangelio a rajatabla. Recuerdo el rito sagrado de la retornabilidad: las botellas de vidrio, una vez vaciadas, eran reliquias que se devolvían al colmado para su purificación y renacimiento. El mercado no era un panteón de plásticos asépticos. Era un templo de lo tangible. La compra no venía en sarcófagos de poliexpan; se practicaba la liturgia del corte. El charcutero, con la pericia de un cirujano, te loncheaba el jamón sobre una hoja de estraza. Escuchabas la cascada de las legumbres al caer a granel en la bolsa de papel. Era un mundo sin la tiranía del envase, donde la comida no era un producto anónimo que ha acumulado más millas en cámaras frigoríficas que mi venerable Ford Fiesta en toda su gloriosa existencia.
Lavábamos pañales de tela y los ofrecíamos en sacrificio al sol y al viento, la energía eólica y solar en su estado más puro. La ropa pasaba de un hermano a otro en un ciclo sagrado de herencia, no se desechaba cada temporada como una piel de serpiente. Bebíamos agua del grifo, no de un fetiche de plástico embotellado. Cambiábamos la cuchilla, no la maquinilla entera.
Y nadie, absolutamente nadie, nos dio una medalla por ello. Nadie nos llamó "ecologistas". Se llamaba "ahorro", "necesidad" o, simplemente, "sentido común".
Y es precisamente este evangelio de la necesidad el que se ha profanado. Hoy, somos los feligreses de un culto cuya curia está formada por las mismas megacorporaciones que ayer nos vendían la felicidad envasada y hoy nos venden la salvación en un coche eléctrico cuya batería ha exigido arrasar media cordillera en el Congo. Nos imponen sus Nuevas Tablas de la Ley, sus Agendas 2030, diseñadas no para salvar el planeta, sino para crear nuevos mercados, para vendernos la penitencia después de habernos incitado al pecado.
Nuestros dirigentes, esos augures del apocalipsis climático, son una veleta que gira al son del viento de la subvención. Ayer nos alertaban del agujero de ozono; anteayer, de una inminente glaciación; hoy, del achicharramiento global. Han rebautizado la "gota fría" de toda la vida como "DANA", porque la apocalipsis, como cualquier producto, necesita unrebrandingperiódico para no perder impacto. Y mientras recitan estas letanías, se lamentan de los efectos de unas catástrofes que serían meras anécdotas si hubieran cumplido con su prosaico deber: construir las infraestructuras necesarias.
Pero es más rentable, y mucho más vistoso, no construir presas, sino fundar "chiringuitos". Órdenes monásticas de la consultoría climática, capillas laicas dedicadas al estudio de la huella de carbono del mejillón gallego. Institutos financiados con el erario público cuyo único propósito es alimentar el pánico y justificar la existencia de sus propios sumos sacerdotes.
Así que no, no estamos salvando el planeta. Estamos participando en una misa global, una liturgia costosísima donde compramos indulgencias en forma de bolsas de tela y pajitas de papel, mientras los grandes oficiantes de esta farsa, los que de verdad mueven los hilos del carbono y el capital, nos miran desde sus púlpitos de marfil, sonriendo. Porque han logrado lo impensable: vendernos la enfermedad, luego el diagnóstico, y ahora, a un precio exorbitante, un placebo llamado "conciencia verde".
Dejemos, pues, de oficiar estas misas laicas en el altar de la histeria climática y consultemos, en cambio, el único evangelio que jamás ha fallado: el catecismo doméstico de nuestras abuelas. Un recetario de una simplicidad insultante, pero de una eficacia demoledora. Dejar al corcel de acero reposando en su establo. Llevar la talega de tela para el pan y arrastrar el carro de la compra como estandarte. Ascender peldaño a peldaño, pues la escalera no es solo un gimnasio para el corazón, sino la palestra donde se entrena el intelecto.
Todo ello no como un acto grandilocuente para "celebrar" el fin del mundo, ni como una penitencia para expiar un pecado ecológico que no cometimos. No. Sino como el simple, revolucionario y casi olvidado ejercicio de poner en práctica el más escaso и preciado de todos los sentidos: el sentido común.
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