Opus Cometae Absurdae (in Fuga Cósmica y Ruido Blanco): De la Nave Nodriza Imaginaria y la Hoguera Inquisitorial de los Píxeles


Asistimos, mis caros cofrades de la lógica asediada, a un acontecimiento de una magnificencia celestial, de una relevancia cósmica, de una trascendencia casi teológica: el universo, en un acto de piedad o de infinita sorna, ha tenido a bien confirmar que un cometa es, en efecto, un cometa. La noticia, que debería haber sido recibida con la misma fanfarria que la confirmación de que el agua moja, ha caído como un jarro de agua helada sobre el febril sanedrín de los nuevos augures, los hermeneutas del píxel borroso, los arúspices del algoritmo de YouTube.

Hablamos, por supuesto, del ya célebre Cometa 3I/ATLAS. Un viajero interestelar, un nómada de hielo y polvo que ha tenido la desdicha de cruzar nuestro vecindario en una era en la que la evidencia empírica es una opinión discutible y cualquier anomalía visual, la prueba irrefutable de una conspiración de proporciones galácticas.

Desde su detección, una nueva secta de la credulidad se había aferrado a la más deliciosa y apetecible de las fantasías: que el 3I/ATLAS no era una prosaica bola de nieve sucia, sino una colosal, magnífica, imponente, espléndida y amenazadora nave nodriza alienígena. Sus profetas, atrincherados en los oscuros vericuetos de los foros de "la verdad oculta", presentaban sus pruebas con el fervor de quien ha recibido una revelación divina: un cambio de brillo inexplicable, una trayectoria levemente anómala, una fotografía donde un defecto del sensor se transmutaba en una compuerta de desembarco.

He aquí el retorno glorioso de la mentalidad inquisitorial. Hemos sustituido a los doctores de la Iglesia por administradores de grupos de Telegram, pero el mecanismo es idéntico. En su tiempo, un puñado de valientes tecnócratas —los Galileo, los Copérnico, los Bruno— fueron amenazados, silenciados y, en el peor de los casos, invitados a una barbacoa sacramental por la osadía de sugerir que nuestro mundo no era el centro del universo. Hoy, sus epígonos modernos, los astrónomos del radiotelescopio de Nançay, han osado cometer una herejía similar: han escuchado al cometa.

Y el cometa ha hablado. O, para ser precisos, ha emitido el susurro inequívoco, la firma espectral irrefutable, de los radicales de hidroxilo (OH). Esa es la firma inconfundible del agua desmembrada por la caricia letal del sol. La prueba concluyente, aplastante, definitiva, indiscutible y terriblemente aburrida de que el objeto es, en efecto, una masa de hielo sublimándose en el vacío. No ha transmitido un saludo en klingon; ha eructado vapor de agua.

La Razón, esa damisela perpetuamente en apuros, ha ganado una escaramuza, pero la guerra, me temo, está perdida. Porque lo verdaderamente fascinante de este episodio no es la facilidad con la que se abraza el disparate, sino el anhelo que lo subyace. La esperanza casi religiosa de que, en efecto, aquello fuera una nave nodriza. Nadie esperaba un contacto pacífico a lo Encuentros en la tercera fase. No. La esperanza era la de una invasión, una purga, un glorioso exterminio.

He ahí el diagnóstico de nuestra civilización. Hemos llegado a tal grado de autodesprecio, a tal nivel de hastío con nuestra propia y paupérrima, insignificante, banal, fútil y, en última instancia, prescindible existencia, que la única redención que anhelamos es la aniquilación a manos de un Deus ex Machina alienígena. Preferimos ser reducidos a cenizas por un rayo de plasma xenoforme que soportar un día más de nuestra política, de nuestra cultura, de nuestra insoportable levedad.

La hoguera de la Inquisición, al menos, prometía al hereje una llegada expeditiva y calentita al más allá. La nueva Inquisición de la conspiranoia ni siquiera ofrece eso. Solo nos promete un fin del mundo que nunca llega, dejándonos aquí, solos, con la terrible y desoladora verdad: no hay nadie ahí fuera que vaya a venir a poner orden en este manicomio. Estamos solos con nuestra estupidez. Y, al parecer, eso es mucho más aterrador que cualquier invasión.

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