Opus Amoris Fugacis (en Deslizamiento Sostenido y Compromiso Evanescente): Del Catálogo Humano y el Horror Vacui del Alma
Hubo un tiempo, no tan lejano en el calendario pero sí a eones de distancia en la costumbre, en que la empresa amatoria era una gesta digna de ese nombre. Requería el asedio paciente de una fortaleza, el desciframiento de enigmas, la diplomacia de un embajador y, en ocasiones, la valentía de un legionario. Era una empresa de inversión, a menudo ruinosa, pero donde el objeto del deseo era, al menos, un territorio a conquistar, no un artículo en un escaparate.
Hoy, hemos arrasado esa fortaleza y en su lugar hemos erigido un hipermercado. Un vasto y luminoso emporio de la carne accesible, un Gran Catálogo de Piezas Humanas Intercambiables, gobernado por la deidad más tiránica y caprichosa de nuestro tiempo: El Numen del Pulgar Omnipotente.
Nos postramos ante su altar digital, este panteón de las aplicaciones de citas, y realizamos el nuevo rito sagrado. El deslizamiento. Izquierda o derecha. Descartado o aprobado. Como un césar decidiendo el destino de un gladiador, emitimos sentencias inapelables sobre un rostro, un torso o una frase ingeniosa prefabricada, en un lapso de tiempo inferior al que nuestros abuelos tardaban en encender un cigarrillo. No es ya deshojar la margarita; es la deforestación industrial del afecto potencial. Se busca pareja con la misma enjundia con la que se eligen vídeos de gatos: por gratificación instantánea y nulo compromiso intelectual.
Y en este mercado de la vanidad, se produce el más curioso de los milagros. Tras una caza exitosa, emerge la liturgia de la proclamación. El espécimen recién adquirido no es una simple compañía transitoria. ¡Jamás! Es, invariablemente, El Amor Definitivo. Es el hado, el destino, la pieza del puzle que faltaba. Se anuncia a los cuatro vientos, se rubrica en las redes sociales con la pompa de un triunfo romano. Para, por supuesto, ser reemplazado al cabo de unos meses por un nuevo y mejorado Amor Definitivo, en un ciclo de obsolescencia programada del afecto que haría sonrojar al más cínico de los ingenieros.
¿Qué se oculta tras esta frenética y superficial danza de apareamiento? ¿Es un simple exceso de oferta? ¿Una tara generacional? Me temo que el diagnóstico es mucho más severo. Este carrusel infinito no es una búsqueda del otro. Es una huida desesperada de uno mismo.
El motor de toda esta maquinaria no es el amor, sino su antítesis: el pánico. El horror vacui del alma. El terror a la Soledad.
La Soledad se ha convertido en el gran tabú, en el monstruo innombrable de nuestra era. Y con razón, pues es un inquisidor implacable. No tortura con potros ni tenazas, sino con su más cruel instrumento: el silencio. Un silencio atronador donde la única voz que se escucha es la propia. Y en ese tribunal sin escapatoria, la Soledad nos presenta, uno a uno, todos nuestros fantasmas, todas nuestras flaquezas, todas las grietas de la armadura que con tanto esmero mostramos en nuestro perfil.
Este trasiego constante de cuerpos no es más que un intento desesperado de llenar ese vacío con ruido, con la novedad del otro, para no tener que escuchar el veredicto del propio ser. La persona que no se soporta a sí misma necesita un rehén emocional permanente, un espejo ajeno en el que mirarse para no tener que enfrentarse al reflejo del suyo. No cambian de pareja porque se aburran del otro; cambian de pareja porque se aburren, y se aterran, de la versión de sí mismos que emerge cuando la novedad se desvanece.
Así que no, no estamos presenciando una revolución de la libertad afectiva. Estamos asistiendo al espectáculo patético de legiones de almas desparejadas que no buscan un compañero de vida, sino un simple compañero de celda. Un cómplice que les distraiga, que les aplauda la farsa, que les permita, por un tiempo, no tener que mirar a los ojos al único prisionero del que jamás podrán escapar: ellos mismos.

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