Opus Nativitatis Negatae (en Sol Menor de Fariseo y Paja Seca): Crónica de la Posada Cerrada y el Camello Perplejo en Barcino

Y aconteció en aquellos días, postreros del año de Gracia de 2025, que el augusto Sanedrín que regía los destinos de la Ciudad Condal, faro autoproclamado de la acogida y crisol de todas las fes, emitió uno de sus ya célebres decretos. Mas antes de revelar la naturaleza de la decretal, permítanme narrar una historia, una parábola que bien podría haber ocurrido en sus mismas puertas.

Llegó a los confines de la gran urbe un anciano carpintero, de manos encallecidas y barba cana, acompañado por una joven doncella cuyo vientre anunciaba, con la rotundidad de la vida misma, el inminente milagro. Venían de las áridas tierras de Oriente Medio, buscando no más que un exiguo cobijo, un simple portal donde resguardarse del frío y permitir que la vida se abriera paso. Eran, a todos los efectos, inmigrantes pobres, de etnia judía, prófugos de una situación incierta. Un caso de manual para el protocolo de asilo de la ciudad que se enorgullecía de su diversidad.

Llamaron a las puertas, no de un mesón, sino a las de la propia conciencia de la metrópoli. Y la ciudad, a través de sus pontífices de la inclusión, les respondió.

Se les negó el amparo.

No por falta de espacio, que plazas hay de sobra en el vasto pesebre del erario. La razón fue más sutil, más perversa. Su caso fue estudiado por los doctos fariseos de la nueva moral y hallado deficiente. Su historia, se argumentó, era "problemática". Era un relato de una familia pobre de Oriente Medio, sí, pero era "demasiado tradicional". Carecía, según el veredicto, de un "adecuado análisis de la perspectiva de género" y "reforzaba arquetipos heteronormativos". Además, y he aquí el pecado capital, su narrativa tenía profundas raíces en la cultura local, y el Sanedrín, en su infinita sabiduría, prefería importar narrativas foráneas, convenientemente desarraigadas, antes que validar las propias.

El anciano y la doncella, repudiados no por ser extranjeros, sino por serlo de una manera culturalmente "incorrecta", tuvieron que buscar amparo en la periferia del olvido.

Y así, en el Año de Gracia de 2025, el Sanedrín de Barcino, en un acto de fariseísmo que haría sonrojar a Caifás, decretó oficialmente que el Pesebre no sería erigido en la plaza pública. El motivo aducido fue, como siempre, el laicismo. Un laicismo curioso, elástico, que se olvida de sí mismo para celebrar con gran pompa y boato los festivales de otras confesiones, pero que se torna rígido e implacable como una ley romana cuando se trata de la tradición que, para bien o para mal, ha vertebrado su propio calendario.

Es un agravio de proporciones bíblicas. Un desprecio no ya a una fe, sino a una cultura. Un insulto a ese mismo Oriente Medio del que provienen los protagonistas del relato, a quienes dicen defender con tanto ahínco. Es el acto de quien se lamenta por el templo derribado en una tierra lejana, mientras él mismo usa el mazo para demoler las columnas de su propio hogar.

No nos engañemos. Esto no es una defensa de la neutralidad del Estado. Es una declaración de guerra cultural selectiva. Es la manifestación de un doble rasero tan vasto que por él podría pasar una caravana de camellos cargada de hipocresía. Se despliegan alfombras carmesíes para liturgias exóticas, se financian ritos de geografías lejanas en nombre de la diversidad, pero se muestra un desdén glacial por la narrativa que cuenta la historia de una familia migrante de Oriente Medio a la que, precisamente, se le negó el refugio.

Es la cumbre de la política de la inclusión como herramienta de exclusión. Un mecanismo que no busca la cohesión social, sino el fomento de una geopolítica de la virtud donde se favorece lo foráneo no por su valor intrínseco, sino por su utilidad como ariete contra lo propio.

Y así, la ciudad que se jacta de tener las puertas abiertas, le cerró la única que de verdad importaba: la de su propia memoria.

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