Opus Bacchanalis Hispaniae (en Sol de Ressaca y Do Sostenido de Lentejuela): Del Numen Festivo y la Memoria Sacrificada en el Altar del Gin-Tonic
Si uno se viera en la hercúlea tarea de destilar el alma de esta nuestra península en un único símbolo, en un arquetipo irrefutable, se enfrentaría a un cisma de proporciones teológicas. Ciertos eruditos postularían la Siesta, pero su candidatura se disuelve en un mar de disputas bizantinas: ¿ha de ser el letargo breve, casi místico, de veinte minutos, o la inmersión abisal de tres horas, esa que deja como testimonio un reguero de baba sobre el cojín y un coro de ronquidos como banda sonora del documental de La 2?
Otros, más osados, propondrían la Tortilla de Patatas, pero su nominación desataría una guerra civil gastronómica de crueldad inaudita. Las legiones de concebollistas se enfrentarían a muerte contra los puristas sincebollistas, mientras las facciones del "casi crudo" y el "cemento armado" se apuñalarían por la espalda con el tenedor.
No. Olviden esas contiendas de salón. Existe un terreno sagrado donde toda disputa cesa, donde las diferencias se ahogan —literalmente— en un líquido amniótico de graduación variable. Existe un Numen, una Deidad Primigenia ante la cual todos los pueblos de Iberia, sin excepción, doblan la rodilla. Y esa deidad es LA FIESTA.
Aquí no hay debate. Aquí hay unanimidad. El impulso dionisíaco está tan indeleblemente grabado en nuestro genoma que cualquier pretexto, por peregrino que sea, es suficiente para encender la pira del jolgorio. ¿Que la excusa es propia, importada, inventada o directamente absurda? ¡Irrelevante! La liturgia es lo que cuenta.
Para muestra, remítome al más reciente sacrilegio: el pasado 1 de noviembre. Un día antaño consagrado al solemne y ceniciento rito de honrar la memoria de nuestros antepasados. Hoy, esa costumbre ancestral ha sido arrollada, sin piedad ni miramientos, por la apisonadora de su homólogo importado: el Halloween. No hay color. Hemos trocado el velorio por el carnaval de ultratumba. Hemos pasado de depositar una flor en una lápida a ataviarnos con los despojos de una cinematografía de zombis para embarcarnos en una bacanal que culmina, indefectiblemente, con el disfraz fusionándose con la realidad. Emergiendo al alba cual auténticos muertos vivientes, exhalando un miasma de sudor coagulado y libaciones baratas que ningún exorcismo acuático puede purgar del todo.
Reconozcámoslo sin ambages: nos va más la juerga que a un tonto un lápiz. Si para añadir una noche más de ebriedad al calendario debemos sacrificar nuestras tradiciones —dígase la castañera, dígase el respeto a los difuntos—, se sacrifican. ¡El Numen lo exige! Todo sea por honrar a esa anónima monja que modernizó la cerveza o a esos elixires de ginebra, otrora brebaje de desahuciados y hoy convertidos en un ecosistema botánico con alcohol. Una ensalada con frutas, tirabuzones y demás parafernalia ornamental que hace que uno dude si debe bebérselo o aliñarlo.
Pero volvamos al núcleo de la cuestión. La Fiesta es el Alfa y el Omega. Si para postrarnos ante su altar debemos inmolar nuestra identidad, profanar la memoria de nuestros muertos o dilapidar el sueldo íntegro del mes, ¡que así sea! Son sacrificios menores. El mañana es un país lejano del que no nos ocuparemos. No recordaremos cómo hemos llegado a casa, nuestra dieta se basará en el arroz y la patata hasta el próximo estipendio, y elevaremos plegarias al dios Cronos para que acelere el paso del tiempo, devorando los días con la voracidad de un meteorito, hasta que el calendario nos ofrezca, por fin, la siguiente oportunidad de redención etílica.

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