Opus Toxicologiae Animae (in Do Sostenido Menor y Dosis de Plomo Psíquico): Del Arsénico Real y el Mentecato Metafórico

En el panteón de los villanos de la materia, existen aristócratas del veneno, agentes letales con un linaje intachable. Hablo del plomo, ese lento asesino de imperios y cerebros; del mercurio, el cartógrafo loco de los temblores; del arsénico, el discreto susurro en la copa de vino. Hablo de la radiación, esa ira invisible de los átomos que deshilacha el mismísimo tejido de la vida. Eran, y son, conceptos de una pureza y una contundencia admirables. La Toxicidad, en su acepción primigenia, no era una opinión. Era un hecho. Un hecho mensurable en dosis letales y fallos orgánicos.

Pero hemos profanado un vocablo de una precisión científica para rebajarlo a la categoría de adjetivo multiusos, de muletilla existencial. En esta era nuestra, de epidermis anímicamente frágil, hemos decidido que la mala educación, la simpleza de espíritu o la llana perfidia eran conceptos demasiado crudos, demasiado vulgares. Necesitábamos un neologismo con ínfulas de diagnóstico, a poder ser en el idioma del Imperio, para barnizar de pseudociencia lo que nuestros abuelos, con su rústica pero infalible precisión, despachaban bajo el epígrafe de un necio de ponzoñoso talante.

Y así, la toxicidad ha dejado de ser una amenaza química para convertirse en una epidemia social. El mundo, al parecer, se ha transformado en un vertedero de residuos peligrosos de la personalidad. Tenemos "parejas tóxicas", "amigos tóxicos", "jefes tóxicos"... un catálogo tan extenso que uno se pregunta si no vivimos todos en el extrarradio de Chernóbil. La contaminación es de tal magnitud que obliga a una pregunta regida por la más elemental de las lógicas: si todo mi entorno desprende vapores deletéreos, ¿no seré yo, quizás, el reactor nuclear en plena fusión? O, en una hipótesis menos heroica pero estadísticamente más probable, ¿no seré yo el epicentro mismo de la estulticia circundante?

Pero esa introspección es un deporte de riesgo que ya nadie practica. Es mucho más confortable y, sobre todo, mucho más rentable, enfundarse el traje de la víctima perpetua. El diagnóstico de "toxicidad ambiental" es el salvoconducto definitivo, la indulgencia plenaria que nos exime de toda responsabilidad sobre nuestras propias elecciones. "Es que mi pareja me absorbe la energía", clama uno, como si el otro fuera un ente vampírico y no una persona a la que él mismo, en pleno uso de sus facultades, eligió para compartir su existencia. "Es que mi jefe me genera ansiedad", sentencia otro, obviando que la alternativa a un mal superior es, a menudo, la puerta.

Hemos llegado al dulce nirvana del victimismo, donde toda decisión errada es culpa de un agente externo. Y para bendecir esta nueva teología, ha surgido una nueva casta sacerdotal: el terapeuta de la validación. Acudimos a su consulta no en busca de la cruda verdad, sino de la absolución. Queremos que el Sumo Sacerdote de la Escucha Activa nos confirme que, en efecto, somos las nobles víctimas de un universo conspirador, y que nuestros síntomas —ese abanico de "ansiedades" y "depresiones" que a menudo no son más que el peaje de una vida mal gestionada— son la prueba irrefutable de nuestra pureza.

Y este, mis queridos mártires de lo cotidiano, es el mayor de los crímenes. Al convertir la ansiedad en un accesorio de moda y la depresión en el nombre común del tedio, no solo estamos infantilizando nuestra propia existencia. Estamos perpetrando un acto de una crueldad infinita contra aquellos que de verdad libran esa guerra. Aquellos para quienes la depresión es un pozo sin fondo y la ansiedad una bestia que devora el aire. Estamos profanando su calvario, usando el nombre de su infierno para describir nuestro aburrimiento.

Así que no, no estamos rodeados de personas radiactivas. Simplemente, hemos olvidado cómo llamar a las cosas por su nombre y, lo que es peor, hemos renunciado a la única herramienta que nos fue dada para lidiar con el plomo, el mercurio y los entes de menguado caletre: la responsabilidad personal. Esa que nos permite elegir, decidir y, si es necesario, alejarnos. Sin excusas, sin etiquetas y, sobre todo, sin culpar a la tabla periódica de nuestras malas compañías.

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