Opus Hypnoticus Catodicus (in Zumbido de Fondo y Alma en Pausa): Confesiones de un Hereje ante el Oráculo de Cristal Líquido


Confieso, con el rubor pudoroso, con la vergüenza sonrojada, con el recato timorato de quien revela una tara inconfesable en la corte de la ortodoxia, que en mis dominios reside un televisor. Es un monolito negro, impasible, inerte, silencioso, hierático, estático, que preside mi salón como un altar ciclópeo a una deidad olvidada, a un numen depuesto. Ignoro, en vasta y casi absoluta medida, los complejos, enrevesados, abstrusos, esotéricos arcanos de su funcionamiento. Su existencia se me manifiesta, en contadas y fortuitas ocasiones, cual fenómeno paranormal, como una psicofonía doméstica: unas voces espectrales, fantasmagóricas, etéreas, irrumpen en la sacrosanta quietud del hogar, instigándome a creer que la morada ha sido víctima de una invasión, de una infestación, de una posesión demoníaca. Pero no. La investigación forense ulterior suele revelar que un agente felino o el cánido residente, en su deambular negligente y despreocupado, ha profanado con su peso el mando a distancia, ese cetro de poder, ese báculo taumatúrgico que invoca a los espíritus volátiles de la teledifusión.

Su única función terrenal, que mi limitada sapiencia alcanza a comprender, es la de servir de vehículo sacramental a mi consorte para la ejecución de sus sencillas, humildes, modestas liturgias vespertinas; rituales de nombres tan exóticos y cabalísticos como "Pasapalabra" o "La Ruleta de la Fortuna". Por mi parte, el ominoso artefacto podría ser expatriado, desterrado, exiliado, arrojado al abismo, desintegrado en sus átomos primigenios. Pues mi fe, mi credo, mi devoción, residen en el vasto, tangible, glorioso, vibrante y polvoriento catálogo de la existencia real; esa epopeya que acontece más allá de su asfixiante, limitador, constrictor marco de cuatro esquinas.

Y sin embargo, la sociedad entera, la masa global, la grey universal, parece postrarse en adoración perpetua, en genuflexión constante, ante este electrodoméstico, otrora denostado como "caja tonta" y hoy, en un alarde de ironía superlativa, ascendido a la noble categoría de "inteligente". Una deidad polimorfa, proteica, cambiante, que se manifiesta a través de un panteón infinito, inabarcable, inagotable, de avatares: Netflix, Disney, HBO... un ejército legionario de proveedores de quimeras digitales que compiten ferozmente por el diezmo de nuestra atención y el holocausto de nuestro tiempo.

Llevo años —lustros, casi— sin oficiar en su culto. He prevaricado, sí, he cometido pecado en alguna maratón de series, concesiones paternas a la prole para mantener la paz social. Pero mi vida, mi auténtico, verdadero, genuino evangelio, se escribe en otros pergaminos, en otros códices. Se escribe en la cabalgata furiosa, veloz, impetuosa, sobre mi corcel de acero; en el diálogo silente y trascendente con los muertos ilustres que habitan mis libros; en el modesto, humilde pero soberano acto demiúrgico de escribir o de crear. En la prosaica, vulgar, pero sublime y casi divina liturgia de una terraza al sol; en el humo sagrado y aromático de una barbacoa; en el simple, sencillo y, por ello, revolucionario acto de estar.

Es por esta apostasía, por este cisma voluntario, por esta herejía consciente, que a menudo me siento como un extranjero en mi propia tierra. Un paria, un apátrida, un proscrito en la conversación mundana. Cuando los feligreses, arrebatados, transportados, enajenados por el éxtasis comunal, desgranan los últimos milagros acaecidos en el reality de turno o debaten sobre la más profunda, abstrusa y bizantina exégesis de la última serie de moda, yo asiento con la misma cara de docta, grave y solemne incomprensión con la que escucharía una disertación teológica en arameo antiguo. Son nombres que me suenan, sí, como me suenan los de los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico: sé que existieron, pero su relevancia en mi personal cosmogonía es nula, inexistente, infinitesimal.

Asisto, desde mi atalaya de exiliado, al grandioso, trágico, lamentable espectáculo de una cultura de lo efímero, de lo fugaz, de lo perecedero. Series que son devoradas con la avidez de un enjambre de langostas, para ser olvidadas, desechadas, repudiadas a la semana siguiente, cuando el siguiente maná catódico descienda del cielo digital. Personajes por los que se sufre y se debate con una pasión, con un ardor, con una vehemencia que ya no se reserva para los vecinos de carne y hueso, y cuyos nombres nadie recordará en un año.

Así que sí, lo reconozco, tengo un televisor. Y cada día sospecho más de su verdadera, oculta, maliciosa utilidad. No es un electrodoméstico. Es una colosal, gigantesca, monstruosa máquina de lavar cerebros. Un prisma de cuatro esquinas —antaño redondeadas y con una culata indecente, hoy planas, afiladas y estilizadas— diseñado para limitar el horizonte, para que el rebaño no alce la vista más allá del prado catódico que se le ofrece.

Lo reconozco, tengo un televisor. Quizás algún día descubra un uso noble, elevado, digno, para él.

De momento, tengo una tele.

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