Ars Sine Sensu (Réquiem en Mancha de Kétchup y Lienzo en Blanco): Del Plátano como Revelación Mística y mi Obtusa Incapacidad para el Éxtasis
Permítanme una confesión, mis sufridos cofrades de la perplejidad. Yo, que me solazo descifrando la táctica alejandrina en Gaugamela o la arquitectura lógica de un sistema bien ordenado, me hallo intelectualmente inerme, cual legionario sin escudo, ante el oráculo insondable de lo que la curia moderna ha pontificado como "Arte". Y confieso que sospecho que no es mi intelecto el que flaquea, sino el propio oráculo el que balbucea en un idioma inventado para que todos finjamos comprenderlo.
En los anales de mi formación, la disciplina era clara. El Arte era una empresa de habilidad y propósito. Velázquez, ese cartógrafo del alma humana, no precisaba de un anexo de trescientas páginas para explicar por qué las Meninas te observaban a ti mientras tú las observabas a ellas. Goya no te dejaba a oscuras; te arrojaba sin miramientos a sus abismos para que entendieras la negrura por ti mismo. Uno podía contemplar la Rendición de Breda y casi oír el tintineo de las espuelas, apreciar la magnanimidad de Spínola sin que un señor con gafas de pasta te susurrara al oído que "la obra deconstruye la dialéctica opresor-oprimido en el contexto de la hegemonía Habsbúrgica tardía". ¡Claro que lo hacía, zascandil, pero lo hacía con pinceles y genio, no con un manual de instrucciones!
Eran diálogos de una claridad sublime, incluso en su complejidad. Uno veía los Girasoles de Van Gogh y comprendía, sin necesidad de un doctorado, la fiebre de una mente desesperada por atrapar la luz. Veía El Grito de Munch y escuchaba el eco universal de la angustia existencial. Había técnica, había mensaje, había —me atrevo a pronunciar la palabra prohibida— belleza, o al menos su trágica ausencia.
Pero ahora… ahora me siento como ese niño del cuento de Andersen. Vago por las níveas y ascéticas salas de los nuevos templos, catedrales erigidas al dios del Concepto, y contemplo las reliquias sagradas. Veo el plátano. Un plátano, sí, adherido a la pared con cinta adhesiva de ferretería. El Sumo Sacerdote de la galería, ese curador de almas con ínfulas de exégeta, me informa con condescendencia que aquello no es una fruta en vías de putrefacción, sino una "meditación sobre la naturaleza efímera del valor y la mercantilización del objeto cotidiano". Y yo asiento con la gravedad impostada de quien acaba de recibir una revelación mística, cuando en realidad lo único que mi cerebro, educado en la brutal lógica de la zapatilla materna, me grita es: "Se va a pudrir. Y probablemente atraerá moscas".
Y qué decir de la estatua invisible. Una obra inmaterial. Una nada con precio de palacete. Se nos dijo que su valor residía en el espacio que ocupaba la imaginación. ¡Fascinante! Bajo esa premisa, mi cuenta corriente, con su gloriosa ausencia de fondos, no está vacía; es una instalación artística perpetua que reflexiona sobre la vacuidad del sistema capitalista. Debería cobrar entrada por consultarla.
Luego están las liturgias, las mal llamadas performances. Cuerpos que se retuercen en silencio en una esquina durante tres horas para "visibilizar la opresión intrínseca del sistema de alcantarillado patriarcal". O activistas que arrojan puré de patata a una obra maestra, no para destruirla, ¡anatema!, sino para "dialogar" con ella sobre la crisis climática. Imagino a Goya observando la escena desde el más allá, rascándose la barbilla y preguntándose si no habría sido más efectivo arrojarle el puré al responsable de la política energética en lugar de a su Maja.
No, no se equivoquen. No soy un bárbaro que aboga por el estancamiento. Comprendo la necesidad de la ruptura, de explorar nuevos lenguajes. Pero una cosa es explorar y otra, muy distinta, es presentar un galimatías y exigir que se le venere como si fuera el Evangelio. El problema no es que el artista se exprese; el problema es la claudicación colectiva. Ese pánico cerval a decir en voz alta "No lo entiendo" o, peor aún, "Esto es una soberana majadería", por miedo a ser tachado de ignorante, de insensible, de troglodita cultural.
Así que aquí estoy, un hereje en la nueva religión. Un analfabeto funcional en el lenguaje de lo conceptual. Observo el desfile, aplaudo cuando hay que aplaudir, y murmuro "fascinante" con el resto de la congregación. Pero por dentro, el niño del cuento no para de gritar. Y lo que grita, con una claridad que ni Velázquez podría mejorar, es que el emperador no solo está desnudo, sino que parece sentirse ridículamente orgulloso de ello.

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