Opus Puerilis in Aseptia Maiore (para Pantalla Táctil y Rodilla Acolchada): Crónica de la Forja del Hombre de Goma

Recuerdo, en los anales brumosos de mi propia puericia, una ley de la física tan inmutable como la de la gravedad: la Ley de la Trayectoria Materna. Sostenía que todo objeto contundente pero aerodinámicamente estable —una zapatilla, un paño de cocina, el ocasional libro de bolsillo— podía, bajo el impulso de una justa ira parental, convertirse en un proyectil teledirigido de asombrosa precisión. El impacto no solo corregía la conducta, sino que impartía una lección inolvidable sobre causa, efecto y la importancia de la velocidad de evasión. Era una pedagogía cruda, sí, pero forjaba en la mente infantil un saludable respeto por los límites.

Aquella era la universidad del bordillo y la costra. Aprendíamos botánica cayéndonos sobre las ortigas, arquitectura fracasando en la construcción de una cabaña, y derecho consuetudinario en la negociación para recuperar un balón del balcón del vecino. Cada rodilla desollada era una medalla al mérito; cada chichón, la firma de un tratado de paz con la realidad.

Contemplen ahora el laboratorio donde se manufactura la progenie del siglo XXI. El objetivo no es ya criar a un ser humano; es ensamblar un artefacto a prueba de vida, un ser encapsulado en una Burbuja de Asepsia Profiláctica.

El mundo exterior, ese nido de peligros, ha sido convenientemente neutralizado. Los parques infantiles, antaño campos de justas con columpios de hierro y toboganes capaces de generar electricidad estática para todo un barrio, son ahora celdas acolchadas. Todo es caucho, plástico redondeado y colores primarios diseñados para no ofender. No hay esquinas. No hay astillas. No hay, en definitiva, oportunidad alguna para el noble arte del tropezón. El niño sale a la palestra pertrechado con la panoplia de un catafracto bizantino para dar una vuelta en triciclo: casco, coderas, rodilleras, y probablemente un notario para dar fe de que el suelo no le ha agredido.

La higiene es neurótica. Un estornudo ya no es un estornudo; es el heraldo de la peste neumocócica. La visita a urgencias por una tos leve es un peregrinaje tan común como ir a por el pan. Y el alimento... ¡ah, el alimento! Un catecismo nutricional tan estricto que haría sonrojar a un monje trapense. Todo es sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, sin alegría. Los vástagos son alimentados con pastas beige de sabor teórico, diseñadas no para nutrir, sino para conjurar el espectro de una alergia imaginaria.

Pero hete aquí la contradicción que haría implosionar la mente de un lógico estoico. Mientras el cuerpo del infante es un templo sagrado, custodiado con más celo que el oro de Fort Knox, su alma es externalizada. Su mente es entregada en sacrificio a un panteón de deidades pixeladas. Los padres, exhaustos cancerberos de la integridad física de su cría, claudican ante la primera muestra de aburrimiento y le entregan el cetro de poder: la pantalla.

La pantalla es la nueva nodriza, el pedagogo universal, el pacificador de berrinches. Observen la estampa en cualquier taberna: los adultos conversan (o lo intentan), mientras sus herederos, sentados a la mesa, no comparten el pan, sino que comulgan en silencio con la luz hipnótica de sus dispositivos. Cada niño en su propia capilla digital, ajeno a todo lo que no vibre o emita sonidos polifónicos.

El resultado de esta crianza bifronte es la creación de un nuevo arquetipo humano: el pequeño tirano aburrido. Un ser sobreprotegido físicamente pero sobreexpuesto neurológicamente. Los padres, convertidos en vasallos, agotan el erario familiar para proveer al príncipe-elector del último modelo de consola, del teléfono más reciente. Su habitación es un mausoleo de juguetes intactos y aparatos electrónicos de última generación. Y, sin embargo, en mitad de esta opulencia sensorial, emerge la gran blasfemia, la acusación definitiva: "¡Me aburro!".

Y es entonces cuando lo contemplamos en su apoteosis: tumbado en el sofá, como un pequeño emperador romano en su decadencia, sostiene el móvil con una mano mientras con la otra maneja el mando de la consola, con la tableta emitiendo una tercera corriente de estímulos a su lado. Un centro de mando de la apatía, rodeado de todo y conectado a nada.

Estamos forjando, con un esmero digno de mejor causa, al Hombre de Goma. Físicamente inmune a las magulladuras, pero espiritualmente tan quebradizo como el cristal. Un ser perfectamente adaptado para un mundo que no existe, un universo acolchado donde no hay frustración, ni esquinas, ni zapatillas voladoras. Me pregunto qué harán cuando, inevitablemente, tropiecen con la primera esquina de verdad.

Comentarios