Opus Minoriae Tremens (en Fa Sostenido y Casilla Transpuesta): Del Tablero, los Peones y la Lógica Mutante
Observen conmigo, si tienen a bien y la fatiga existencial no les ha vencido todavía, el Gran Tablero sobre el que se dirime nuestra tediosa tragicomedia. Un artefacto venerable, con sus escaques bien definidos por el uso y la costumbre, sus reglas sedimentadas tras siglos de praxis. Conocíamos, grosso modo, el movimiento del caballo, la trayectoria diagonal del alfil y la vocación de modesta infinitud del peón. Una partida predecible, quizás, pero una en la que la victoria o la derrota dependían de una lógica, por simple que fuese, compartida por todos los contendientes.
Pero hete aquí que, desde hace ya un tiempo, han surgido en los márgenes de la liza unos curiosos estrategas, unos innovadores de la regla ínfima. No se presentan con el estruendo de un ejército sitiador ni con la fanfarria de los heraldos. Su método es más sutil, una suerte de termita metafísica que corroe los cimientos del reglamento mientras la mayoría de los jugadores sigue moviendo sus fichas, absortos en la contemplación de su propio ombligo.
Estos nuevos maestros del juego, enarbolando el estandarte de su propia y particularísima geometría, han decretado, por ejemplo, que una casilla específica del tablero ya no es una casilla, sino un estado del alma. O que un peón, llegado a un punto determinado y previa declamación de un mantra adecuado, puede transmutarse no ya en reina —ambición, al fin y al cabo, comprensible—, sino en un hipogrifo con derecho a no ser capturado los martes impares.
Ante semejante dislate, ¿qué hace la vasta, la abrumadora mayoría de los jugadores? ¿Apelan al manual? ¿Invocan al árbitro? ¿Señalan con el índice, con la vehemencia que la lógica exige, el disparate manifiesto? Nada de eso. He ahí el nudo gordiano de nuestra actual calamidad.
La mayoría, esa masa otrora compacta, vaga ahora por el tablero como un batallón de Tercios desmovilizado en una tierra extraña. Miran las nuevas reglas con el estupor del que contempla un reloj de sol en mitad de una tormenta nocturna. Murmuran entre ellos, pero nunca en voz lo suficientemente alta como para que el innovador de turno pueda oírles. Temen, por encima de todo, ser acusados de carecer de "sensibilidad tablero-dinámica" o de perpetuar una "hegemonía escaquística tradicional". Y así, por no parecer trogloditas anclados en la vetusta noción de que un alfil se mueve en diagonal, aceptan que el peón-hipogrifo del contrario se meriende a su rey.
El resultado es una partida demencial. Una donde la estrategia ha sido suplantada por el capricho, y la razón, por una sucesión de edictos sentimentales. La mayoría no ha sido derrotada en combate; ha sido anulada por perplejidad. Se ha rendido no ante una fuerza superior, sino ante un argumento incomprensible, retirándose a sus casillas de salida a esperar, quizás, que la Deidad de la Aritmética descienda de los cielos y ponga un poco de orden en este galimatías.
Asistimos, pues, no a una conquista, sino a una disolución. La evaporación de un consenso tácito, el único pegamento que mantenía unidas las piezas y el tablero. Y mientras los nuevos demiurgos redibujan el mundo a su antojo, la mayoría deambula, perdida, preguntándose en qué momento exacto su torre dejó de ser una fortaleza para convertirse en una sugerencia.
En fin. Allá ellos con su tablero líquido y sus bestiarios fantásticos. Uno, que es de orden y concierto, casi prefiere el consuelo de una buena partida de solitario. Al menos ahí, cuando uno pierde, sabe perfectamente por qué.

Comentarios
Publicar un comentario