Opus Animae Incuriae (en Misa de Réquiem y Bayeta Húmeda): Del Peaje Floral y el Juicio de los Olvidados

Permítanme una profecía personal, fechada hoy, en este primer día de noviembre de 2025. De aquí a unos años, mi modesta carcasa reposará en su morada final, un cubículo sin pretensiones en alguna callejuela anónima de un camposanto. Un nicho, sí, esa buhardilla del más allá donde los huesos, o sus cenizas, se entregan a un letargo geológico, algo parecido a mis siestas, pero, sospecho, de duración considerablemente mayor.

Les ruego, no obstante, que no me busquen. No se molesten en peregrinar. Mi epitafio, grabado con la irreverencia de un Groucho Marx redivivo, será una advertencia clara y concisa: "NO ME VISITEN, YA PASARÉ YO A VERLOS". Tómenselo como una declaración de intenciones, una exención de toda responsabilidad afectiva post-mortem.

Sobre todo en fechas como esta. Hoy, el primer día de noviembre, cuando la cofradía de los afligidos de calendario oficia su ineludible rito anual. Es el día de la gran migración a las necrópolis, una parada estratégica en el camino hacia el vermut o el festín pantagruélico en algún restaurante de renombre. Asistimos a la parafernalia completa: el saqueo sistemático de las floristerías, dejando sus existencias más diezmadas que un ejército persa en las Termópilas; y la adquisición en masa del ajuar del doliente: ese kit de limpieza compuesto por bayeta, papel secante y diversos elixires para abrillantar mármoles y metales, cuyo modelo de lujo incluye un báculo extensible para alcanzar las cotas celestiales de la octava fila.

Una vez dentro de la ciudad de los muertos, comienza la batalla. Una contienda logística por la atención del escaso personal y, sobre todo, por el acceso a una de esas torres de asedio móviles, esa escalera con ruedas que nos acerca un poco más a la lápida tras la cual almacenamos los restos de quien un día fue querido.

Es el Día de Todos los Santos. Uno de los dos únicos momentos del año en que la memoria colectiva se digna a recordar a sus muertos. El otro es el primero de enero, cuando la canción de Mecano nos taladra el alma y, entre serpentinas y un champán ya tibio, alzamos la copa por ellos en un brindis fugaz y algo etílico.

En la mayoría de los casos, permítanme la brutal honestidad, es un puro acto de hipocresía. Un grandioso teatro de la contrición social. En vida, la interacción era a menudo "la visita del médico": llegar, un saludo rápido, una anécdota, una sonrisa y una despedida apresurada. "Ya te llamo", "a ver si nos vemos con más calma". Frases hechas para calmar una conciencia que sabía que nuestras agendas, esos tiranos de nuestro tiempo, siempre encontraban en su vasto catálogo de nimiedades un pretexto más seductor; algo que, sin ser en modo alguno más urgente, resultaba infinitamente más apetecible.

Y ello nos conduce al acto final de esta liturgia: la ofrenda floral. Permítanme aquí invocar un axioma paterno, pronunciado en su día por un estoico de la desconfianza, un lógico de la malicia. "Quien te regala flores", sentenciaba con la certeza de un augur, "es que algo ha hecho, o algo va a hacer". Aquella revelación se incrustó en mi psique como un dogma de fe. Desde entonces, ofrendo momentos, jamás pétalos. Sin embargo, este primero de noviembre, el orbe entero parece culpable por comisión o, más a menudo, por omisión. Todos, sin excepción, acarreamos nuestros ramos hacia las lápidas, confesando con este acto el pecado de la memoria perezosa.

La flor se transmuta así en la indulgencia plenaria del negligente. El pétalo como moneda para sobornar al espectro de nuestra propia desidia. Es el arancel con el que se aplaca la aduana de la conciencia; el tributo suntuoso con el que se sufraga el fariseísmo social para acallar durante otros 364 días el insistente eco de nuestra abulia. Porque cuando el telón de esta función cae, la necrópolis retorna a su estado natural: un imperio de silencio y mármol, un yermo donde solo el viento y los sepultureros recuerdan que allí habita alguien.

Invoquemos, pues, la clemencia de los hados para que las escatologías del celuloide y el grafito yerren en sus funestos vaticinios. Porque si en el Gran Día del Desagravio las legiones de olvidados se levantasen en armas de calcio y polvo, su propósito no sería el que imaginan. No vendrán a devorar nuestros cerebros —magro botín, por cierto—, sino a exigir el balance de cuentas de nuestro afecto, a celebrar un juicio sumarísimo donde no habrá abogado defensor.

Y en ese tribunal, mis queridos penitentes de efeméride, ni la más frondosa de las coronas florales podrá comprar vuestra absolución.

Comentarios