Crónicas de un Náufrago Ferroviario o La Resurrección del Acer A315-33 (Opus 1, en Do Menor para Teclado y Tren Demorado)


Quien suscribe estas líneas, modesto amanuense y futuro literato de fama —espero— póstuma, se hallaba ante una encrucijada existencial. Mi fiel corcel, un portátil de la noble casa Acer, modelo A315-33, languidecía. Su corazón, un Celeron de linaje humilde pero voluntarioso, se veía oprimido por el yugo de un sistema operativo orondo y caprichoso, llegado de las lejanas tierras de Redmond, un tal Windows 10. Aquel artilugio, dotado de un ágil SSD y unos lozanos 8 gigas de RAM, se arrastraba con la dignidad de un caracol con reuma. Iniciar sesión era un acto de fe; abrir el navegador, una apuesta a futuro.

Fue entonces, en la quietud de una de esas pausas metafísicas que generosamente nos regala Rodalies de Catalunya —ese ente que juega con el espacio-tiempo con más soltura que un físico teórico—, cuando tomé una decisión. Mi Acer no estaba destinado a ser un pisapapeles con ínfulas. ¡No! Estaba destinado a ser mi taller de ideas, mi fragua de novelas, mi púlpito de blogs. Estaba destinado a ser mi arma contra el tedio ferroviario.
Y así me lancé a un periplo, cual Jasón en busca del vellocino de oro, pero con menos argonautas y más archivos .iso.
Mi primera parada fue el ducado de Zorin OS. ¡Oh, qué belleza! ¡Qué elegancia! Un adonis digital que vestía las mejores sedas de GNOME. Por un momento, creí haber encontrado el Edén. Pero pronto descubrí que su belleza era directamente proporcional a su apetito. Mi Celeron, mi fiel pero modesto Sancho Panza, sudaba tinta de bit para mantener el paso. En los momentos de apremio, se notaba pesado, como un aristócrata obligado a correr para no perder el último tranvía. No, no era para nosotros.
Decepcionado, me refugié en la austeridad monacal de los escritorios MATE y XFCE, bajo el estandarte de Linux Mint. ¡Velocidad! ¡Eficiencia! El Acer despegaba. Era un asceta del bit, un faquir del procesador. Las ventanas aparecían antes de que yo terminara de pensarlo. Empero, la inspiración visual era la de un formulario de Hacienda. Para un alma de artista como la mía, aquello era funcional, sí, pero tan estimulante como mirar una pared secarse.
Fue entonces cuando cometí mi gran error, mi hybris particular: elementary OS. ¡El canto de sirena! Me susurró al oído promesas de un diseño tan puro que Steve Jobs aplaudiría desde su nube de iCloud. Y yo, ingenuo, caí. El desastre no fue menor, fue... mayúsculo. Un sistema más inestable que un flan en una lavadora centrifugando. ¡Se colgaba! ¡Se bloqueaba! Me miraba con desdén digital mientras yo, en una sesión de terminal de emergencia, cual MacGyver informático, intentaba forjar un USB de escape. Aquello no fallaba como una escopeta de feria; la escopeta de feria, a su lado, era un instrumento de precisión suiza.
Y así, maltrecho pero sabio, con el alma digital curtida por la batalla, arribé al puerto de Linux Mint Cinnamon. Y se hizo la luz.
El equilibrio inefable. La elegancia sin la arrogancia, la velocidad sin el ascetismo. El justo medio aristotélico hecho sistema operativo. Era vistoso, sí, pero era un atleta, no un dandy. Era rápido, sí, pero no a costa de la belleza.
Ahora, este Acer, otrora un alma en pena, es mi Taller de las Horas Perdidas. Un bastión de productividad en el vórtice temporal conocido como la línea R4 de Rodalies. Mientras el tren se detiene en un paraje indeterminado entre Martorell y Castellbisbal, por motivos que los sabios de la megafonía atribuyen a "una incidencia en la señalización" —eufemismo para "un duende se ha comido los cables"—, yo no desespero. Yo abro mi Acer renacido.
Y escribo. Y actualizo mis blogs. Y dejo que mi imaginación se plasme en proyectos. Las demoras ya no son un suplicio. Son tiempo de escritura. Rodalies provee el tiempo; mi Acer, ahora, provee los medios.
¡Que tiemblen los editores! Y que Renfe no arregle nunca sus trenes. (Tampoco concibo que esté entre sus planes a corto, medio, largo o infinito plazo...)

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